relatos

ERNEST HEMINGWAY (18991961)

EL GRAN RÍO TWO-HEARTED

Un hombre camina solo, atraviesa una región devastada por el fuego, un pueblo arrasado, sólo quedan los cimientos; acaba de bajar del tren con un pesado equipaje, fardo de lonas, mochila, maletín de pescador. El camino hasta los bosques de pinos, los prados, el río, se hace duro con el calor, pero Nick se sentía feliz.

 Tenía la sensación de haberlo dejado todo atrás, la necesidad de pensar, la necesidad de escribir, otras necesidades. Todo quedaba atrás.

Después de leer esta frase, nuestra perspectiva del relato cambia, ya no será un manual del pescador de truchas, la descripción precisa de las técnicas, el momento y lugar para la captura o el relato de unos días de vacaciones en solitario.

De los recuerdos de Nick, sabemos de días mejores, compartidos con los amigos, de quien se recuerdan anécdotas, habilidades y luego se perdieron. Ahora la atención de este hombre está en lo inmediato, práctico, la naturaleza le rodea y le da pautas: se puede cambiar de color y seguir vivo, como los saltamontes negros, después del fuego.

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS

Una pareja bebe cervezas a la única sombra del bar de un apeadero; el expreso de Barcelona llegará en 40 m. ¿Y si probamos el Anís del Toro? ¿se toma con agua?

 -Sabe a regaliz, dice la muchacha. Es lo que suele pasar con las cosas que esperas tanto tiempo.

Y ya no hay armonía, ni las dos personas están juntas en la espera ¿qué se ha roto?

-Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

Y el hombre rompe la convención:

-En realidad se trata de una operación muy sencilla, en realidad no es una operación.

Y con cada frase va desmantelando el tejido delicado que formaba su historia, el equilibrio de dos personas libres, ya una no lo es, y por eso estalla su desesperación,

-¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Ya sólo queda esperar el tren como si no hubiese pasado nada.

LOS ASESINOS

Una cosa es lo que pasa y otra lo que está pasando.

En la atmósfera somnolienta del café de Henry entran dos forasteros, gabanes oscuros, apretados, extraños en todo, hasta en la hora de pedir la cena. Nick observa desde un rincón de la barra, es testigo, obligado mensajero y testimonio de la trágica vida de un hombre desesperado, el sueco. La primera vez que rompe su costumbre, la hora de la cena en el bar, ya no va a hacer nada.- Estoy harto de escapar, dice Ole Andreson y siguió mirando a la pared.

Sólo Nick siente que es algo insoportable y no quiere seguir en ese pueblo.

LA BREVE VIDA FELIZ DE FRANCIS MACOMBER

Es un relato tan intenso que está contenido en el título.

Irremediablemente vemos una pantalla en technicolor, los safaris, la caza, el cazador profesional, el buscador de trofeos, la chica buscando su camino. Y se rompe el tópico, hay sangre, miedo cerval, venganzas.

Como en los otros relatos, el narrador nos tira con algunas frases para que no nos despistemos: “Él siempre había tenido un alto grado de tolerancia, lo que aparentaba ser su mejor cualidad, pero que era en realidad la más siniestra” La debilidad de Francis, su bagaje de hombre civilizado, de muchas lecturas, incluso sobre sexo; la posición de Margot, ya sólo es bella para África, se le pasó el momento de abandonar a su marido.

Y con estos mimbres nos vamos a la selva. ¿Cómo puede buscar un trofeo de caza alguien capaz de sentir la entrada brutal de la muerte en el cuerpo del animal?

Francis vivió un instante, lo suficiente apenas para sentirse libre por única vez de aquel miedo que le había acompañado siempre. Y Wilson fue el testigo único, sintió aprecio por él, lo reconoció.

Marga 16 de Marzo de 2010

cuentos

Felisberto Hernández  (Uruguay, 1902- 1964)
       
Me gustaría decir lo primero, que como nunca he hecho una reseña pensé que antes de nada, debía buscar su significado en el diccionario, pero me puse a leer el libro y se me olvidó…
       
     Cuando empecé a leer el primer cuento de Felisberto Hernández: “la envenenada”, en su inicio y hasta mediados me invadió una hilaridad que no me terminaba de creer, efectivamente, tenía yo un poco de razón premonitoria: acabé el cuento sintiendo cierta amargura, una especie de desasosiego irracional; porque reconozco que mi conciencia no acababa de entender lo que acababa de leer, pero estaba segura de que mi inconsciencia sí. Y, segura, que para mi tranquilidad no me lo quiso explicar. Necesité aire y me asomé por “el balcón”. Pero tuve que entrar, demasiado puro el aire; pero tuve que salir, me faltaba el aire.

Fue cuando me di un golpe en los pies con el techo. Y de pronto, todo cobró vida, y de pronto tuve un arrebato de soledad y entré en una habitación que solo olía a  música, a un olor a cuerda rota. Según me contaron, fue un suicidio por amor. Allí estaban de luto y “nadie encendía las lámparas” por respeto a los muertos. No se movía ni un pelo en el cuento. Me asusté y me fui a mi casa. Escribí para un certamen literario pero no tuve suerte, me excluyeron porque estaba enamorada, ahí supe que no tendría porvenir. Entonces lloré hasta que “el corazón se puso verde”, un color poco esperanzador: el color del diario lleno de hipo. Pero no pude comprarlo porque no tenía  plata para comprar carne. A cambio me regalaron un papel de plata que yo no pedí. Y me sentí feliz porque me lo dio un corazón verde que luego vendí y, más tarde, me devolvió un ñandú que tenía clavado un alfiler, que me recordó a un pueblo ocupado por quintillizos que vivían en “una casa inundada” que tuve que recorrer en bote hasta dar con la salida -cerrada por una enorme mujer libro hecha de vidrieras que se llevaban mal entre ellas incluso después de muertas- gracias a una mujer que encontré con vida debajo del agua y me salvó con inmediatez, mientras me ahogaba felizmente oyendo su goteo tan musical. Luego decidí mirar por mirar y para ello mandé a los ojos para que lo miraran todo y cada cosa y me contaran luego. Uno volvió muy abierto, cantando, empapado y con un análisis del agua; el otro volvió sin asombro, seco y mudo, y empeñado en dejar de ser ojo, así dejé que fuese el ojo que fuese destinado a ser: el de un “cocodrilo” que vendía ilusiones y solo lloraba cuando tocaba el piano con una media, escondido en el hueco oscuro de una pared femeninamente recta a la que llamaba cariñosamente “Mur” porque estaba cubierta de musgo negro de tanto humo, del color de un cementerio viviente, sin apenas sangre, por ello se medio marean y ven turbio, por lo visto y según cuentan los que beben vino, es preferible.
       
      … Y me encontré con un hombre de hablar llano por terrenos abruptos, que descansa en silencios llenos de intenciones, siempre como desganado, que no termina de concluir; elude y alude; rompe un cristal en añicos y de cada añico hace un cristal; como un filósofo desgrana por dentro la historia y simula que no la hay…
       
      A mí me pasa que no sé explicar con palabras lo que siento mucho. Lo que me parecen genialidades.
      Por cierto, acabo de acordarme de buscar en el diccionario la palabra “reseña”: señal que anuncia o da a entender algo. Y también: nota que se toma de los rasgos distintivos de una persona, animal o cosa para su identificación. Y quise, por curiosidad, buscar “fantástico”: Magnífico, excelente.
       
      Y tengo que decir lo último, que todo lo que dice Felisberto Hernández aquí, es verdad.
             
      mamen  (29 -Feb- 010)

relatos

ERNEST HEMINGWAY

 EL GRAN RÍO TWO-HEARTED

Un hombre camina solo, atraviesa una región devastada por el fuego, un pueblo arrasado, sólo quedan los cimientos; acaba de bajar del tren con un pesado equipaje, fardo de lonas, mochila, maletín de pescador. El camino hasta los bosques de pinos, los prados, el río, se hace duro con el calor, pero Nick se sentía feliz.

 Tenía la sensación de haberlo dejado todo atrás, la necesidad de pensar, la necesidad de escribir, otras necesidades. Todo quedaba atrás.

Después de leer esta frase, nuestra perspectiva del relato cambia, ya no será un manual del pescador de truchas, la descripción precisa de las técnicas, el momento y lugar para la captura o el relato de unos días de vacaciones en solitario.

De los recuerdos de Nick, sabemos de días mejores, compartidos con los amigos, de quien se recuerdan anécdotas, habilidades y luego se perdieron. Ahora la atención de este hombre está en lo inmediato, práctico, la naturaleza le rodea y le da pautas: se puede cambiar de color y seguir vivo, como los saltamontes negros, después del fuego.

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS

Una pareja bebe cervezas a la única sombra del bar de un apeadero; el expreso de Barcelona llegará en 40 m. ¿Y si probamos el Anís del Toro? ¿se toma con agua?

 -Sabe a regaliz, dice la muchacha. Es lo que suele pasar con las cosas que esperas tanto tiempo.

Y ya no hay armonía, ni las dos personas están juntas en la espera ¿qué se ha roto?

-Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

Y el hombre rompe la convención:

-En realidad se trata de una operación muy sencilla, en realidad no es una operación.

Y con cada frase va desmantelando el tejido delicado que formaba su historia, el equilibrio de dos personas libres, ya una no lo es, y por eso estalla su desesperación,

-¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Ya sólo queda esperar el tren como si no hubiese pasado nada.

 LOS ASESINOS

Una cosa es lo que pasa y otra lo que está pasando.

En la atmósfera somnolienta del café de Henry entran dos forasteros, gabanes oscuros, apretados, extraños en todo, hasta en la hora de pedir la cena. Nick observa desde un rincón de la barra, es testigo, obligado mensajero y testimonio de la trágica vida de un hombre desesperado, el sueco. La primera vez que rompe su costumbre, la hora de la cena en el bar, ya no va a hacer nada.- Estoy harto de escapar, dice Ole Andreson y siguió mirando a la pared.

Sólo Nick siente que es algo insoportable y no quiere seguir en ese pueblo.

LA BREVE VIDA FELIZ DE FRANCIS MACOMBER

Es un relato tan intenso que está contenido en el título.

Irremediablemente vemos una pantalla en technicolor, los safaris, la caza, el cazador profesional, el buscador de trofeos, la chica buscando su camino. Y se rompe el tópico, hay sangre, miedo cerval, venganzas.

Como en los otros relatos, el narrador nos tira con algunas frases para que no nos despistemos: “Él siempre había tenido un alto grado de tolerancia, lo que aparentaba ser su mejor cualidad, pero que era en realidad la más siniestra” La debilidad de Francis, su bagaje de hombre civilizado, de muchas lecturas, incluso sobre sexo; la posición de Margot, ya sólo es bella para África, se le pasó el momento de abandonar a su marido.

Y con estos mimbres nos vamos a la selva. ¿Cómo puede buscar un trofeo de caza alguien capaz de sentir la entrada brutal de la muerte en el cuerpo del animal?

Francis vivió un instante, lo suficiente apenas para sentirse libre por única vez de aquel miedo que le había acompañado siempre. Y Wilson fue el testigo único, sintió aprecio por él, lo reconoció.

 

Marga 16 de Marzo de 2010

pelo de zanahoria

Jules Renard (1864-1910)
El narrador-conciencia que nos habla sobre Pelo de zanahoria es como un naturalista que observa y describe, traduce con pocas palabras lo que sucede dentro de su cabeza y de su corazón. La soledad interior, que procede de la consciencia constante de sí mismo, se va desplegando y desenmascarando viñeta a viñeta. Él, solo. Enfrente, los demás. El conflicto con su madre es en realidad un polarizador para un conflicto más vasto: la lucha del ser solitario contra lo que y los que le rodean, incluido su propio “otro yo”. El ser como la figura de un animalito atrapado que lucha y se debate sin saber bien hacia dónde dirigirse, reaccionando a veces con violencia, a veces con torpeza, a veces con ternura. Se debate, y duda ante lo que le exigen los demás, las convenciones sociales y familiares, sus propios deseos no siempre coherentes entre sí.  Es cruel a veces, pero es cruel porque piensa que tiene que serlo, es una imposición que proviene de una mente sometida a la aprobación de los demás, que le esclaviza porque no sabe tomar resoluciones ante esa presión. Es la infancia captada en su perfil más duro, la inexperiencia ante lo que fuera de nosotros nos exige actuar. Este pensamiento complejo, compuesto de razonamientos, sensaciones, emociones, está transcrito en un lenguaje parco, directo, pero lírico, visual, lleno de connotaciones. La soledad interior es soledad sonora, estructurada en un discurso que lo defiende del mundo y lo sitúa en él.
Pelo de Zanahoria crece en estos capítulos ante nosotros, y ese crecimiento que presenciamos no es exactamente un crecimiento físico, o intelectual, sino vital. Lo que lo caracteriza es su decisión: al fin sabe decidir por sí mismo. Lo ha descubierto de repente, después de vagabundear por el desierto donde ha sido desterrado por las personas que le rodean y también por su exagerada sensibilidad. Creer en sí mismo, por fin, descubrir que la derrota que experimenta desde siempre le da una fuerza que quizá se llame odio, o rencor, pero que le hace escoger su propio camino.
Descubre otra cosa, también, no menos importante: descubre que en los demás también hay dolor, y cuando eso pasa parece que es cuando Pelo de Zanahoria vive de verdad. Vive de verdad porque siente hacia afuera, sale del encierro afectivo que le supone su propio dolor. Tanto si es el gato al que él mismo ha masacrado, las perdices que tiene que rematar, la vieja criada a la que boicotea en favor de su madre, o su propio padre con el que se identifica al final del libro como otra víctima de Madame Lepic, esos otros sentires hacen surgir en él emociones diferentes a la humillación y la compasión por sí mismo.
También aprende otras cosas: aprende lecciones sobre cómo razonar, y, desde luego, la más importante es que no hay que hacerlo ante los demás: “sigue desarrollando sus ideas personales, así llamadas porque hay que guardárselas para sí mismo” (sic).
Aprende también a observar, escuchar, comprender, sentir la naturaleza, analizar la tormenta, por ejemplo, a partir de sus señales, y a saber qué tipo de reacciones despierta en él, cómo él es sensible también a su influencia, lo mismo que las hojas de los árboles, las coles y las grosellas.
 
Mar 26 de enero de 2010